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La niña ilustrada

« Nunca juzgues un libro por su cubierta ».

Metropolitan life. Fran Lebowitz.

          Nicolás era pobre como los cadáveres de las ratas y los perros vagabundos que cargaba en la carreta de ropavejero junto a la quincalla de su chamarilería ambulante.  Los arrastraba al muladar y les prendía fuego antes de que propagaran infecciones, el recién constituido ayuntamiento le reconocía el gran servicio con algo de calderilla requetesellada, tan escasa que, aun con el aguinaldo y lo que obtenía de sus devaneos por Utiel y la contornada vendiendo los más inverosímiles objetos, no conseguía alimentar a la extensa retahíla de diez boquitas abiertas. Qué diferente él a sus hermanos que vivían en Francia —sus trabajos, sus formas de ser, sus inquietudes malogradas—, de allí era toda su familia y él había recorrido España en su afán de trotamundos hasta que le tocó establecerse por culpa del amor, se casó con una buena mujer que había muerto casi diez meses atrás, y a las penurias del hambre debía unir la desolación del vacío que siempre deja la ausencia.  

          No eran tan malos los tiempos como aquellos que se habían vivido siglos atrás y por el horizonte arribaban nubes de buenaventura que derramarían lluvia de dicha en unos tejados más que en otros. Algo había cambiado en favor de la igualdad. No mucho, un poco. Las dehesas se convertían, la madre tierra generaba trabajo y atraía a la gente hacia los campos, gente como él, que, el día en que comienza esta historia, se encuentra en casa de don Gaspar, hombre más que respetado en la comarca no tanto por sus bondades como por sus bienes 

          —Mira, Nicolás —le dice—. En vez de tanto vagabundear con la carreta de un lado para otro, te cedo cuatro almudes que marcamos con hitas, las trabajas junto a otros cinco jornaleros, la llenáis de peonadas y a los siete años una mitad para mí y otra para vosotros en la parte que a cada cual le corresponda. Así podrás alimentar a tus hijos. 

          «Así podrás alimentar a tus hijos». Había llegado el momento de ocuparse en algo serio. Se lo debía a ellos. A su esposa.    

          Cuando diez días después abandonan la casa del escribano público de Su Majestad donde se formaliza el acuerdo, la luminosa mañana vernal que se despliega sobre la alfombra de pastos entre campos roturados, cereales y viñas, le parece muy distinta. Por primera vez en su vida, mira la tierra como si esta formara parte de él, y él de ella. Entre ambos se ha establecido un pacto y vislumbra una verdadera unión que liga también a sus descendientes, que hasta aquel instante han permanecido al margen del juego de la vida. No será tarea fácil la que le aguarda por delante. Depender de los cielos, de las sequías, de la buena cosecha, de la salud, de las fuerzas y el ánimo, esperar a que las viñas y las otras plantaciones den sus frutos, pero se mira las manos y siente que en ellas anida un incipiente poder y entonces piensa en Gregoria, la pequeña, Gregoria, la niña de sus ojos, la que dijo su madre que era diferente, no solo por los ondulados cabellos, por sus ojos claros, tan distintos a los de toda la familia, también por el salero en el chapurrear, por el donaire de sus movimientos, por la manera de mirar como espiando, como si adivinara las cosas, y porque todos dicen que les recuerda mucho a ella, a su abuela.  

          A esa diminuta y poderosa mujer morena llamada Anerai.

* * *

          A finales de octubre, apenas diez días después del episodio de Garmendia, Clara, la tinaja de Teibobores y Al Quidada las diez de la mañana recibo una llamada de un número desconocido. Es José Luis Martínez, cronista de Utiel, algo atribulado si se considera el aplomo que siempre preside sus movimientos y sus actos. Me dice con una solemnidad aterradora: «Tenemos que hablar» y lo primero que pienso es que he cometido algún error en el relato original, esa carga de miedo, uy, uy, uy, uy, uy, a pesar de las revisiones, de las horas previas de estudio y análisis, de los numerosos viajes para documentarme.  

          Quedamos en la plaza de la iglesia. No hace demasiado frío, pero aparece cubierto con su inconfundible sombrero y no saluda desde lejos con la mano como otras veces y cuando se acerca veo que en su afable rostro algo ha cambiado. 

          —Si te cuento, vas a pensar que me he vuelto loco.   

          La aseveración en vez de intranquilizarme, me serena. Ya sé lo que va a decir. Lo sé tanto que le ahorro el trance de la confesión, incluso lo digo con esa suficiencia que concede la rutina: 

          —Ha visto a Anerai. 

          Me mira desde arriba y en oblicuo, ladeando la cabeza como si se fuera a lanzar sobre mí en picado. 

          —Si no a ella, a una señora que asegura que lo es. 

          —Y le ha hablado de su yerno Nicolás que era trapero, que tenía la familia en Francia, y de cuando empezó a trabajar en complantatio —añado con el mismo talante y José Luis responde un «Sí» muy largo y aguarda con mirada perpleja, esperando que le cuente—. Y también de su nieta Gregoria. 

          Como tardo en añadir algo más y solo permanezco mirándolo, se cruza de brazos y frunce la impaciencia y algo del enojo en el ceñoBuscamos uno de los bancos de la plaza, y cuando nos sentamos le explico lo que me sucede, y él asiste con escepticismo entornando los ojos. 

          —Esto parece una maniobra de Turismo para atraer gente a la comarca. Una anciana atemporal que va por ahí explicando el pasado a todo el mundo. Si es que… 

          Me río más que nada por cortesía. Sé que en ese «Turismo», me engloba a mí también, aunque yo no tenga nada que ver con ellosDespués habla de la tinaja que visitó en el laboratorio. 

          —Un hallazgo. Esa arcilla, esa porosidad y… —Tuerce el labio—. Mira que tengo yo vistas tinajas en mi vida y he estudiado la tinajería y nunca había visto nada parecido. Ahí no envejecería nada mal el vino, no. 

          Y es en ese preciso instante, mientras hablo con él, que recuerdo a Juan y a su pasión obsesiva, el regreso al origen, a la tradición milenaria, a un sabor que nos remonte a épocas y aromas primitivos, al secreto de la primigenia elaboración.  

* * * 

          El primer día llueve. Son las cosas que suceden a veces. Que uno acude con toda la ilusión a cavar muchas peonadas y el cielo contraviene el deseo y ruge y desata una de esas tormentas eternas que parecen mal augurio. Nicolás observa caer el agua en trombas desde la ventana e intenta aplacar con la ayuda de sus hijos los chorreones que los atacan desde grietas, paredes y puertas. 

          No será hasta diez días más tarde cuando por fin pueda emprender el trabajo de florear con romero, plantar los sarmientos después. Se le ha quedado ese viejo temor de lo que mal empieza mal acaba, pero junto a los otros jornaleros andan abriendo hoyos y al final de la jornada cuando ya no queda luz del día, le cuesta mantenerse derecho y le tiemblan bastante las piernas como si hubiera contraído una mala enfermedad. 

          Ese será el primer paso de muchos pasos más: los sarmientos con los primeros brotes verdesla primera florescencia, los primeros racimos, la primera cosecha, los primeros lloros, el primer mostolos primeros hollejos, el primer vino, las primeras tinajas, las primeras ventas para la fabricación de aguardiente, los primeros viajes a Chelva, a vender a los franciscanos de allá que les gustaba tanto el vino de aquí.  

          Nicolás vivió hasta la décima cosecha, unas fiebres tercianas y una pulmonía se lo llevaron en plena primavera. Para entonces ya era propietario de diez cuartillos de tierra y una casa. El mayor de los hijos trabajaba la heredad propia, el siguiente, Ramiro, se encargaba de los lagares y de producir el vino, otro iba arriba y abajo de jornalero a dos reales al díados más se ganaban el pan en las fábricas de la seda el último andaba metido con la miel. De las cuatro hijas, tres estaban bien casadas. Solo la pequeña Gregoria no le había conseguido aún pretendiente y había cumplido ya los diez años. Siempre andaba con Anerai, con aquello de las letras, y la pequeña pasaba el tiempo imaginando, la claridad de los ojos perdida Dios sabe dónde, en lugares que no le darían de comer, solo la pequeña le quedaba sin arreglar, precisamente la pequeña, que poseía un encanto diferente, la pequeña, la más querida, perdida en esos ensueños que solo provocan disgustos y conducen a ninguna parte.  

          La abuela le había enseñado a leer desde muy chica, el castellano, algo el latín, y junto al francés que hablaban sus tíos y con el que a veces se dirigía a ella su padreGregoria escarbaba como quien busca tesoros en los escasos libros que Anerai le traían desde Valencia y aquella fue la gran pena de Nicolás, la pena con la que se marchó de este mundo, que su hija se había torcido por culpa de Anerai, porque le había mostrado un camino que no la conduciría a buena parte.     

* * *

          De regreso a casa, pienso que las palabras de José Luis Martínez —a quien Juan considera persona cabal—, pueden ayudarme en mi particular cruzada para convencerlo de la veracidad de todo lo que sucede y cuando llego, aún sin cerrar la puerta, le suelto a bocajarro «Vengo de Utiel y José Luis Martínez también la ha visto, y con él ya somos cinco, demasiada gente para estar equivocados», y antes de que replique, añado que la tinaja de Teibobores es lo que él lleva años buscando, el eslabón perdido entre sus viñas y aquel vino primitivo elaborado con el mimo de la primera vez. 

          Él suelta una risotada. 

          —El vino de entonces no se podía ni beber, era más un castigo, una obligación. Lo debían mezclar con miel. Yo no ando buscando ese vino. 

          Le hablo del vino de Anerai, de la boda con Baisetas, de aquel vino, el de la tinaja, no el de las grandes tinajas que solo servían como alimento. 

          —No existe aquel vino —y ahora nuestra conversación se encarniza—, más allá de tus escritos. 

          —Existe la tinaja de Teibobores y si quieres vamos al laboratorio de Garmendia en Los Corrales y la verás allí, pero tú, tú te niegas a admitir la realidad. 

          Juan coloca los brazos en jarra, repite: «Me niego a admitir la realidad», y ya no respondo porque estoy llamando a Garmendia que no me coge el teléfono. Me giro hacia Juan y le digo «Vamos» y como sigue parado, insisto, «Vamos, aún no te has quitado la ropa siquiera. Nos cuesta un cuarto de hora». 

          Marchamos, él de acompañantela espesa barba negra apuntando hacia la ventanilla, las manos recogidas entre las piernas, hasta que aparco junto a la casa que llaman laboratorio y llamo a la puerta una vez y otra, y tomo el teléfono y me impaciento mientras Juan aguarda de pie todo el tiempo en postura de ¿qué hacemos aquí?, y cuando ya estamos a punto de regresar, aparece Garmendia a lo lejos, con esos andares cómicos que me habrían provocado una sonrisa en cualquier otra circunstancia, pero que ahora solo originan un aspaviento y una exclamación: 

          —¡Allí está! 

          Y Juan me mira como si no comprendiera. 

* * *

          Tras la muerte de NicolásAnerai y la niña se encargarán de la venta. En uno de aquellos largos viajes Chelva, entre «venga vino con un carro y el agua en una borrica, el carro que vaya y vuelva, y la burra quietecica», Anerai le habló de Baisetas y de la elaboración de aquel vino ancestral. Gregoria esponjó sus ojos claros y le pidió que le explicara paso a paso Anerai recordó al abuelo empeñado en cultivo de las cepas ordenadas en hileras, libres de cualquier otra planta, fáciles de vendimiar, lo recordó también cosechando las uvas secas, descartando las mojadas por la lluvia o el rocío, seleccionando grano a grano, despalillando con cuidado los racimosy a su padre dentro del lagar, con los pies descalzos mientras el abuelo dice«Suave, con mimo, sin romper las pepitas», el mosto que caía al segundo lagar, y el abuelohay que evitar el frío, el calor, y la tinaja de Teibobores en el que lo verterían después para que respirara los aromas de la arcilla          

          Gregoria anotó aquellos consejos y muchos más que Anerai le fue transmitiendo con el tiempo, junto a lo que pudo colegir catando las añadas del lagar de su hermano Ramiro, en un método de constante prueba y error para conocer cómo y cuándo vendimiar, el tiempo idóneo de fermentación en cada casocómo encubar y trasegar el vino, cómo y dónde conservarlo, compiló una obra titulada: Arcanos del vino ancestral: consejos y prácticas de elaboración a partir de la tinaja de Teibobores, publicado en octubre del año 1753 en la imprenta de Benito Monfort. Solo dos años más tarde, a finales de 1755 escribiría un segundo libro, inspirada por la incipiente Ilustración que llegaba desde Francia a arreones con sus tíos y también en los ejemplares que Anerai se encargaba de conseguirle gracias al correo de diligencias entre Valencia y Barcelona. Esta segunda obra, titulada De cómo germina el conocimiento y florece el pueblo, hombres y mujeres unidos por la razón, no vería jamás la luz pues eoctubre de 1756 fue incautado en la imprenta por el tribunal de distrito al frente del cual se encontraba el joven inquisidor Ignacio de la Cruz de Escandón por «… su naturaleza sediciosorientada a destruir el orden político y social…», y Gregoria condenada a una sanción de 3635 reales que Anerai sufragó con parte de su hacienda, la carreta con la que habían realizado los traslados de las tinajas al convento de los franciscanos de Chelva y la casa que había sido su hogar en tiempos de Quiteria. El tribunal acordó que con ambos bienes la deuda quedaba saldada, pero Gregoria juró que resarciría con creces a su abuela, recuperaría la casa, la carreta, y vengaría la afrenta               

* * *

          Cuando Garmendia estuvo frente a nosotros con su rostro de no saber nunca qué pasa, lo abordé con un escueto: 

          —Saca la tinaja, quiero que la vea Juan. 

          Y no maticé «el incrédulo de Juan», porque no venía al caso. Lamentaba no habérsela enseñado antes, pero en aquellos meses sucedían tan rápidos los hechos y me resultaban tan incomprensibles y tan difíciles de explicar a una mente racional como la suya, que nunca encontraba el momento de hacerles frente y de descararme para convencerlo.  

          Lo recuerdcomo si lo estuviera viendo. Garmendia entrecierra los ojos, chasca la lengua con el paladar, emite un sonido gutural, no es preciso que repita «muy aviar» y dice: 

          —Se la llevaron ayer.  

          —¿Se la llevaron ayer? 

          —A restaurar. 

          Suelto un taco y Juan me mira como si llevara razón y no le respondo: «Que no esté la tinaja en este momento no significa que no exista». 

          —¿Y no podemos ir a verla? 

          —¿Ahora? 

          —No, ahora no, en algún momento. 

          —No sé. Sí, supongo que solicitando un permiso.  

          Pido a Garmendia que explique a Juan cómo era para que al menos sea capaz de llevarse una impresión clara, y Garmendia la describe con demasiadotecnicismos irrelevantes, fosfatos, cloruros, nitratos, carbonatos, silicatos, mellas, ¡lixiviación!, y lo repite, calla ya, Garmendia por favor, hasta que lo cojo del brazo y contengo un arrebato de coraje: 

          —Dile lo de las letras, lo que ponía en las letras. ¡Lo de Teibobores! 

          —Teibobores —corrobora por fin. Solo debía haber empezado de este modo y miro a Juan como en un «Ahí tienes tu prueba». 

          Luego explico a Garmendia que he hablado con José Luís Martínez y que Anerai ha vuelto a aparecer. Alza un poco las cejas y pregunta como con un tono de guasa: 

          —¿Y qué está usted escribiendo ahora? 

          —Una historia de la nieta de Anerai. Gregoria de Carcajona. Y tenemos que hablar.  

* * *

          A la vuelta en el coche, Juan continúa callado, así que rompo el monótono murmullo del asfalto con un: 

          —¿No vas a decir nada? 

          —¿Y qué quieres que diga? 

          Continúa ronroneando la carretera. Me cuesta mantener la conversación. Me parece otro Juan, un Juan distinto del Juan que me enamoró y del primer Juan cuando nos trasladamos aquí. Otro Juan desde que Anerai apareció fuera del relato, lejos de las páginas. Y de nuevo abrimos un silencio de diez kilómetros que rompe el sonido de mi móvil. En la pantalla parpadea el nombre de Santiago Ponce, historiador e investigador de Utiel. Pulso el botón verde y escucho. Ni siquiera se presenta o me saluda. Lo imagino entrecerrando un poco los ojos detrás de las gafas mientras dice:  

          —La he visto, he visto a AneraiCréeme que la he visto. No solo yo. Iba con tres amigos más. Y se nos ha puesto cantar: 

A la virgen del Remedio 

le tengo que hacer un manto 

de planta y de crujidera 

de bobal y marisancho. 

* * *

          Los vinos de Gregoria de Carcajona viajarán con el tiempo, incluso hasta Francia, pero de momento, dirá Anerai, solo se transportan en carreta y por dentro de la comarca y a las comarcas vecinas, porque si el viaje es largo, el vino se convierte en vinagre. Aun así, el pequeño lagar de su hermano mayor Ramiro ya es una fábrica en la que se emplean hasta diez trabajadores en los momentos de mayor cosechaTodavía no elaboran ni mucho menos el vino que ella ha soñado, pero les permite obtener suficientes beneficios para saldar la deuda con su abuela, recuperar la casa y la carreta, mantener sin penurias a la familia y continuar los encargos de libros procedentes de distintos lugares de España, Italia y de París. La mayoría de ellos en latín o francés, lenguas que aún no domina a sus veinte años pero que le permiten rastrear en los saberes de la humanidad. Continúa soltera y ya casi ha olvidado su promesa de venganza cuando Ignacio de la Cruz de Escandón vuelve a cruzarse en su camino una triste mañana otoñal de 1760. 

          Gregoria será acusada de nuevo con el agravante de reincidencia por la posesión de obras lascivas y amorosas como L’art d’aimer, L’art de connaître les femmes, Les Contes et Nouvelles de M. Fontaine y Les Bijoux indiscrets, condenadas por la obscenidad tanto de las imágenes como de las ideas, la exaltación de las pasiones y la apología de la naturaleza como inspiración de la conducta humana. En este caso, el propio inquisidor en persona asiste al registro de la casa. Se encuentra en la entrada, observándola en silencio con sus diminutos ojos hundidos en las cuencas. Es alto, de facciones oscuras y angulosas, nariz grande, rectilínea, le corona la cabeza la santa tonsura y Gregoriaseguraría que una mala sonrisa se le dibuja en los labios, esa mala sonrisa que provoca la satisfacción o el escarmiento y que ella apaga con una frase que a él le provoca el rubor de la ira. 

          —Llegará el día en que los libros del mundo relaten todas estas maldades y la crueldad de sus obras en nombre de Dios.   

          Será más que suficiente para que se ordene su traslado a la Casa de la Penitencia en Valencia donde sufrirá una condena de dos años y tres meses de reclusión por injurias y amenazas y el castigo de llevar colgado el sambenito, para el escarnio público de ella y sus descendientes. Aquella condena es el origen de la que será su tercera y más concienzuda obra: Les routes douloureuses de la liberté, escrita en un francés precario y sin firma e interceptada por la Junta de Fe en la propia imprenta antes de que vea la luz. 

          Unos meses antes, los caminos de Gregoria de Carcajona e Ignacio de la Cruz de Escandón volverían a encontrarse, pero esta vez en distintas circunstancias.       

* * *

          Al día siguiente recojo a Garmendia en la aldea Los Corrales y acudimos a Utiel donde aguardan José Luis Martínez y Santiago Ponce quien después de las primeras explicaciones y los primeros aspavientos y cómo es posible y de dónde ha salido esa mujer y ¿de verdad está sucediendo esto?, hace un gesto de vamos a echar tierra al asunto de momento, vamos a serenarnos, y señala hacia adelante: 

          —Si queréis hablamos en mi casa. Que aquí se van a pensar que nos hemos vuelto locos. 

          Lo seguimos por una encrucijada de calles hasta que dice ya estamos y luego añade: «Es el número diez» para que vayamos buscando por nosotros mismos hasta descubrir un portalón grande antiguo frente al cual solo se puede exclamar ¡hala! Dice que la compró hace años y la va reformando poco a poco, pero ya hay mesa y sillas y nevera y una pequeña bodega. Para qué más. La casa es inmensa y en ella se combina lo nuevo con lo viejo en una mezcla a medio hacer, aún heterogénea.  

          —Quiero conservar lo antiguo. —Y nos lleva a un salón y orgulloso deja caer la mano sobre el frontis de la chimenea que también impresiona con sus arabescos trenzados de hojas, plantas y uvas grabados en la piedra y la repisa sobre la que ha dejado algunos objetos. 

          —Esto es lo que más me gusta. Solo por esta chimenea valía la pena comprar la casa. 

Después nos sentamos a la mesa y Santiago saca un tinto bobal y cuatro copas y de nuevo se instaura el silencio de ahora debemos hablar de los encuentros.  

          —Bien, ya sabéis por qué estamos aquí —digo. recuerdo un poco los antecedentes y les hablo de la Cueva Santa del Cabriel y de Clara y Marcos en Las Pilillas y de los hallazgos del peine y la tinaja, y aprovecho para leer lo que llevo escrito del cuento para incrementar su sorpresa, y cuando reposan las palabras, es Garmendia finalmente el que dice: 

—Pues ahora lo que pretende Anerai es que encontremos el libro. 

          —¿Qué libro? 

          —El único que existe de los tres.  El de los arcanos del vino ancestral. 

          —¿Habéis oído hablar de él? —pregunto intercalando la mirada entre en investigador y el cronista, consciente de su sabiduría en materia de historia, libros y vino. 

          Santiago responde un «no» seco como estas tierras pedregosas, y José Luis ladea la cabeza y superpone el labio inferior al posterior. «Si no lo saben ellos, no lo sabe nadie», pienso. Se trata por lo tanto de una de esas obras olvidadas y desaparecidas que el tiempo ha enterrado en el árido desierto del olvido. 

—¿Y ahora qué? ¿Cómo vamos a encontrarlo? 

          No hay ninguna respuesta más allá del podemos buscar en la biblioteca de, en el monasterio de, en el santuario de, que José Luis y Santiago van referenciando sin demasiado convencimiento y siempre al lado de un «pero»«pero a mí no me suena», «pero un libro con ese título no nos habría pasado desapercibido», «pero yo creo que no», «pero no vamos a encontrar nada»  

          Nos marchamos. De camino hacia Los Corrales, Garmendia va releyendo mi cuento.  

          —Te lo puedes quedar si quieres —le digo. 

          Él pasa hojas, me tutea por fin después de tantos meses hablándome de usted: 

          —¿Te has dado cuenta de la importancia del número diez en todo lo que has escrito? Sale por todas partes. A los diez días, a los diez meses, a los diez años, en octubre que es el mes diez, diez hijos… 

          La verdad es que no me había percatado del detalle. Caprichos del subconsciente que solo la sagacidad de Garmendia es capaz de detectar. 

          —Y el número de la casa de Santiago Ponce también es el diez —me río. Pero Garmendia en vez de reírse solo dice «Ya».       

          Lo dejo en su casa, y de regreso sigo pensando en eso del diez, en el libro y me asiste la esperanza de que la solución al enigma llegará tarde o temprano como sucedió en las ocasiones anteriores. Cuando llego a casa le cuento a Juan lo que andamos buscando y de alguna manera es lo que persigues, con la tinaja y ese libro tu sueño se verá cumplido, ¿no te das cuenta?, ¿no te das cuenta de que todo se está alineando para que lo consigas? Tienes que creerme Juan, debes creerme, no he perdido el juicio, de verdad, por muy extraño que parezca, nueve personas no podemos haberlo perdido. Y me mira de una manera extraña, como si se atragantara con la necesidad de decir algo que no le sale, algo que se le ha quedado ahí; en sus ojos redondos y negros se nota un miedo hondo, un dolor, algo agrio que se le ha atravesado en la garganta y me toma las manos y por un instante pienso que va a decir: «Es mejor que te visite un médico, un especialista» o «Ha llegado el momento de regresar, no te sientan bien estos aires» o «Lo mejor es que dejes ese trabajo, no escribas más relatos», pero se acerca y se le quiebran los labios, y hasta le tremola la barba antes de confesar: 

          —Ha venido.

* * *

          A Juan lo sorprendió arriba, en la eraAndaba desmochando las cepas. 

          —Y no la sentí llegar. 

          Esto es tan común entre la gente que la ha visto —y él lo sabe— que le digo que no supone ninguna novedad.  

          —Hasta que me dijo: «La poda la inventó un burro» y, después, como recriminándome: «Si quieres tener la viña moza, pódala con la hoja».  

          Me alegro de que ¡por fin! esté conmigo, de mi parte. Ahora el juicio también lo ha perdido él. 

          —Ya somos diez.  

          Y me quedo un instante pensando en eso de los dieces. Me cuenta que Anerai comenzó a hablar de la Inquisición, de Gregoria. A decirle: 

          »—Eoctubre del año 1813, Gregoria con sus setenta y tres años se fue a buscar a Ignacio de la Cruz de Escandón que era más o menos de su misma edad, así que imagine usted, Juan.  

          »—¿Cómo sabe que me llamo Juan? 

          »—Porque ya nos hemos visto, y nos conocemos, cómo no lo voy a saber. En Kelin, y después hicimos la ruta aquella con el coche, por Requena, por Villargordo, por la Venta del Moro y yo me puse a tararear «Una vieja me enseñó a cantar y bebe vino Juan, bebe vino Juan…». No hace tanto de eso. —Y así continúa hasta que carraspea y añade: Sí, mi Gregoria tenía arrestos, se fue a buscarlo a la iglesia de Valencia donde él profesaba ¿y sabe lo que hizo? 

          Juan niega con la cabeza y Anerai le dice: 

          —Le pidió confesión.  

* * *

          En la iglesia resuenan sus pasos a medida que se acercaCamina con mucha dificultad, apoyada en un bastón y el sambenito le golpea en el pecho a cada paso. Se arrodilla a duras penas apoyada en el alfeizar de madera. 

          —Ave María Purísima. 

          La voz ronca del presbítero, algo quebrada por la edad responde al otro lado: 

          —Sin pecado concebida. 

          —Me llamo Gregoria de Carcajona, no sé si me recuerda. 

          Ignacio de la Cruz entrecierra los ojos para indagar a través de la rejilla. Solo distingue una sombra, apenas nada. La recuerda. ¿Cómo iba a olvidarla? ¿Cómo olvidar su descaro, aquellas palabras que la condenaron? «Llegará el día que los libros del mundo relaten todas estas maldades la crueldad de sus obras en nombre de Dios».   

          —¿Has venido arrastrada por el arrepentimiento a rogar al Altísimo el perdón de tus pecados? 

          —No. He venido a confesarle que ya lo he escrito. Para que la gente del futuro conozca la verdad. 

          La movía la firmeza de que ya no le quedaba nada que perder. No solo por su avanzada edad, también porque, unos meses antes, en febrero de 1813, el Tribunal de la Inquisición había sido declarado incompatible con la Constitución. Ignacio de la Cruz permanecía callado. 

          —Su nombre aparece en compañía de sus obras y sus males. Esta será la única eternidad que le aguarde. 

           La echó de la iglesia y mandó llamar al alguacil para que la detuvieran, pero cuando se encontró junto a él no supo muy bien qué contarle sin traicionar al sacramento y se atribuló un poco y debió morderse los labios hasta que pensó que el Señor le ayudaría a encontrar algún modo sensato de atraparla. 

          No hubo tiempo. Gregorifalleció diez semanas más tarde e Ignacio de la Cruz apenas diez días después, como si estuviera predestinado a perseguirla eternamente.  

* * *

          Juan alza la vista y la observa, pequeña, compacta, tal y como la había descrito yo en el cuento y me lo dice: «Era tal cual» y aún parece herido por el rayo de la confusión. 

          —A Gregoria no se la reconoció en el futuro —le dice Anerai—. Por grande que fuera su esfuerzo, y encomiable su labor, no pasó a la posteridad. Sus obras se destruyeron. —Y calla—: Bueno, se destruyeron, no todas se destruyeron…  

          —Y después —me dice Juan—, me habló de ese libro. 

          —Ese libro —le diré más tarde por teléfono a Rafael Solaz uno de los más reconocidos bibliófilos y documentalistas de España—. Ese libro del que nadie tiene noticias porque lo he buscado en Internet y no aparece nada de nada.  

          —Posiblemente argumenta—, la tirada sería pequeña, de unos cien ejemplares, que era lo usual en tiradas cortas, y lo debieron retirar después por algún motivo, porque atentaba contra las normas de sanidad o cometía algún error de fórmulas o métodos, vete a saber. 

          Y Rafael Solaz continúa:  

          —Puede estar encuadernado junto a cualquier otro libro, eso se hacía mucho en aquella época, yo tengo algunos, aprovechaban para ponerlos juntos, aunque no tuvieran nada que ver.  

          No puedo evitar ese aire de suficiencia que implica haber averiguado algo antes que Garmendia y lo llamo nada más colgar: 

          —Está encuadernado junto a otros. Por eso José Luis y Santiago no lo conocen. Metido en alguna parte.   

          Él responde «Ajá». 

          —¿Se te ocurre dónde? 

          Y entonces me recuerda aquella coplilla que Anerai cantó a Santiago Ponce y a sus amigos. Hay pistas que nunca fallan: 

          —A la Virgen del Remedio/le tengo que hacer un manto/de planta y de crujidera/de bobal y marisancho. 

* * *

          A la mañana siguiente, muy temprano, acudimos al Santuario del RemedioAllí nos esperan Santiago y José Luis. Las vistas de la Sierra Negrete me impresionan una vez más. Nos atiende el amable ermitaño que sonríe y se encoge de hombros en cada una de nuestras preguntas, yo eso no sé y José Luis y Santiago, si ya os lo decíamos. Tras casi cuatro horas de minuciosa exploración, buscando pistas en la sala de exvotosen la colorida capilla, el barroco retablo, en el claustro, en cada una de las dependencias, nos sentimos abatidos y fracasados. No resulta tan fácil como esperábamos y Garmendia, que ha permanecido todo el tiempo silencioso e indagador, concluye con unas palabras aterradoras en un tono de desconfianza más aterrador aún: 

          —Quizá si volviéramos mañana… 

          De regreso, en el coche, no deja de trastear con el móvil y aunque le pregunto qué hace, sigue respondiendo «Nada» como si se hubiera quedado enganchado todo el tiempo a la misma palabra y me da la impresión de que ya ha olvidado lo que llevamos entre manos y que ha encontrado un nuevo pasatiempo, pero a punto de entrar en Los Corrales suelta un «¡Claro!», que me provoca un frenazo. Busco el arcén para detenerme y lo miro. 

          —¡Claro qué! 

          —Hemos pensado todo el tiempo en el manto de la virgen como un manto para cubrirla, y mira, mira. 

          Me muestra el móvil en el que ha abierto la página de la RAE con las distintas acepciones de «Manto». La número diez, justo la número diez, cómo no, la diez, es «Fachada de campana de una chimenea» y se me escapa una pequeña blasfemia al recordar la casa de Santiago Ponce, los arabescos de hojas, plantas y uvas y no puedo estar más conforme cuando Garmendia dice: 

          —Creo que esta vez sí lo tenemos. 

          Después llamo a Santiago:  

          —Sabemos dónde está el libro, ¿podemos quedar ahora en tu casa? 

* * *

          Tardamos unos minutos en llegar. Nos aguarda en la puerta, traqueteando arriba y abajo las llaves en la mano. Cuando, una vez dentro, le contamos las conclusiones, los tres miramos al tiempo la chimenea y él se levanta hacia ella como un padre que se interpone entre sus hijos y dos fieras que intentan atacarlo. Extiende los brazos. 

          —¿Qué estáis pensando? No. No hace falta que me contestéis. Ya sé lo que estáis pensando. Y se reclina un poco para tantear por debajo de la cornisa y palpa por dentro del hueco donde resulta evidente que no está pues habría sido pasto de las llamas.  

          Garmendia le pide permiso y Santiago se retira y el arqueólogo va dando golpecitos sobre la piedra y concluye: 

          —Está ahí. Seguro. En el hueco entre la pared y el manto. 

          Ahora ya sabe que «manto» se refiere a la fachada y lo utiliza con una propiedad como si hubiera usado el término toda la vida. 

          Santiago se hace cruces. Lo recuerdo diciendo: «Solo por esto ya vale la pena haber comprado la casa» y se lleva la mano a la cabeza y al fin resopla y dice: «Dejadme que lo piense, que lo piense. Voy a hablar con un amigo que es un manitas a ver si se puede hacer algo sin destrozos». 

* * *

          No nos llama hasta el día siguiente. Dice: 

          —Quedamos mañana a las diez. 

          «A las diez, cómo no», pienso, y allí acudimos Garmendia y yo, y viene también José Luis, y el manitas va con mucho cuidado intentando despegar el frontispicio de la pared sin quebrar la piedra, pero no hay manera, cae en cuatro pedazos que por poco le aplastan el pie y junto a ellos un voluminoso libro encuadernado en piel. Garmendia exclama: «Ecualicuá» y Santiago: ¡Dios mío!, pero no por el descubrimiento, y yo cojo el libro para depositarlo sobre la mesa. En el lomo y el anaquel se lee una letra borrada por el tiempo: «Loas y cantos a la Virgen del Remedio» y en el interior, aparecen rezos, coplillas y entre medias, tal y como había aventurado el sabio Rafael Solaz, aquel libro perdido, rescatado de algún lugar, Arcanos del vino ancestral: consejos y prácticas de elaboración a partir de la tinaja de Teiboboresy debajo del título el nombre de Simón Abad del Piélago tachado con tres rayas de tinta y al lado la corrección: Gregoria de CarcajonaBasta ojear unas páginas para comprender por qué el libro sería retirado, no por errores de método, no por errores de fórmulas, no por atentar contra la sanidad pública, sino por los sutiles añadidos de Gregoria como un preámbulo de lo que serían sus obras posteriores. Y como los otros dos no se encuentran encuadernados junto a este pues nunca llegaron a imprimirse, me alegra pensar que, de algún modo, mi cuento, este cuento, inmortaliza su venganza, aquella que reveló con osadía un octubre de 1813 a Ignacio de la Cruz y Escandón: «Su nombre aparece en compañía de sus obras y sus males. Esta será la única eternidad que le aguarde». 

* * *

          En la penumbra de su casa, con el ejemplar que Anerai ha conseguido salvar antes de que lo devorara el fuego, Gregoria de Carcajona unta la pluma de ganso en el tintero, tacha el nombre de Simón Abad de Piélago que apareció allí por mandato expreso del impresor, pues no se concibe que un tratado como ese haya sido escrito por una mujer ya que estas no conocen el arte ni el oficio, reseña el suyo y luego toma el libro de Loas a la Virgen que le ofrece su abuela. Entre ambas, con paciencia y cuidado, desatan las hebras del lomo, retiran algunas páginas que serán sustituidas y vuelven a anudarlo y pegarlo, a esconderlo en su pequeño refugio de oscuridad detrás del frontispicio de la chimenea que Anerai encargó al pedrero y en el que la obra aguardará doscientos sesenta y siete años antes de que lo abrace de nuevo la luz del día.    

          Gregoria de Carcajona no pasó a la posteridad, pero del mismo modo que tantas y tantas mujeres anónimas cuyos nombres permanecieron invisibles, su amor a la justicia horadó los sobrios pilares de una tradición inaceptable. Ndedicó su vida a derribar indiscriminadamente las viejas tradiciones en pos de la modernidad, sino que atacó lo indebido y defendió aquello que debían conocer las generaciones futuras por el bien de los demás, como el arte de ese vino de los antepasados que convirtió en su gran legado.